A veces soy sumamente previsora y a veces, simplemente soy un desastre. Como hace un par de días en que, yendo a una reunión de trabajo, se me ocurrió la brillante idea de irme en metro. La idea en principio era buena: Era la forma más rápida de llegar ya que si tomaba un taxi el tráfico haría de las suyas y no estaría en mi reunión a tiempo.
Salí del departamento con mi bolsa y mi laptop. El cielo estaba algo nublado -como los días anteriores- y el clima era perfecto. Así que sospeché que llovería poco como en días pasados y aceleré el paso.

Todo iba bien hasta que salí del metro veinte minutos después, sólo para encontrarme con una lluvia copiosa mientras trataba de llegar a la esquina para tomar un taxi que me dejaría a cuatro cuadras de ahí.
Pero no caminé ni media cuadra cuando tuve que reconocer que estaba totalmente empapada: La lluvia copiosa era más bien una tormenta exagerada que parecía no tener fin. Quedé como si me hubieran echado un balde de agua fría en la cabeza. Regresé a uno de los puestos que hay saliendo del metro Chapultepec y compré un horrible impermeable rosa de plástico chafa que según el vendedor combinaba con mi blusa. Ya era un poco tarde. Pero me preocupaba un poco el estuche de mi laptop que sobresalía de mi bolsa y ya se veía todo mojado.

Impermeable puesto, pude caminar hasta una parada en la que camiones y taxis pasaban con cierta frecuencia. Algunos más se resguardaban de la tormenta que ya había inundado todas las calles y que ocasionaba que todos llevaramos zapatos y pantalones mojados. Fue ahí que empecé a notar que ningún taxi se detenía una vez que veían a toda la gente empapada y chorreante.
Unos diez minutos más tarde un taxista se apiadó de mi -o de mi poncho rosa- y decidió pararse. Intenté no mojar el asiento pero fue una tarea imposible. Solo se me ocurrió pagarle un poco más del monto total a modo de recompensa.
Al llegar a la edificio me deshice del molesto impermeable y lo hice bolita en mi mano. El recepcionista me hizo la cosa difícil para dejarme entrar mientras veía de forma despectiva como mi cabello chorreaba y mis pies iban dejando una huella por donde pasaba. Finalmente llegué a la oficina -como 15 minutos tarde- y me sentí como Helen Hunt en aquella escena de Mejor Imposible cuando llega al departamento de Jack Nicholson totalmente empapada. Afortunadamente mi ropa no se transparentaba pero mi cara, mis zapatos y mi cabello si denotaban mi estado.
Nunca me había sentido tan empapada en toda mi vida. Es la sensación más horrible en el cuerpo, especialmente cuando llevas unos pantalones de mezclilla gruesos y sientes que vas arrastrando las piernas por todos lados.
Mi cita salió conforme a lo planeado. Particularmente porque la persona que tenía que ver el proyecto fingió no notar nada extraño, aprobó el avance del proyecto y me dio el anticipo deseado. Lo peor había pasado, pero mi lección no había sido completamente concluída: Una vez que salí de nuevo a la calle, el aguacero había cesado pero había decendido la temperatura y había quedado una leve brisa que combinada con mi ropa mojada, me hacía sentir un frío terrible mientras caminaba de regreso al metro. Mis zapatos, empapados por dentro y por fuera, me hacían sentir un par de hielos en mis pies.
Aún así traté de no pensar mucho en ello. Llegué a casa directo a darme un regaderazo con agua caliente y a ponerme una pijama seca.
La lección que aprendí fue:
a) Debo entender que estoy de regreso en el DF y que la sequía y altas temperaturas de Sonora brillan por su ausencia.
b) Cuando el cielo esta gris y nublado: Seguramente lloverá. Debo traer al menos un saco o algo que pueda cubrirme cuando haga frío. No esta de más traer el paraguas en el bolso y... ¡una toalla si hace falta!
c) Es poco probable que un taxista quiera subirte si pareces una manguera abierta de tanta agua que chorreas.